Informar también es enseñar

Por: Antonio Caballero

En tiempos donde la información circula a la velocidad de un clic y la desinformación se expande con la misma rapidez, el periodismo enfrenta un desafío mayor que nunca: no solo contar lo que pasa, sino ayudar a entender por qué pasa.

La función primaria del periodista es informar con veracidad, precisión y equilibrio. Pero informar no es transcribir declaraciones ni reproducir comunicados oficiales. Informar es verificar, contrastar, contextualizar y ordenar los hechos para que el ciudadano pueda comprender la realidad y no simplemente reaccionar a ella.

En ese proceso, el periodista enseña.

Enseña cuando explica qué implica una intervención fiscal, cuando analiza un presupuesto municipal, cuando traduce el lenguaje técnico de un proyecto ambiental o cuando recuerda antecedentes que algunos prefieren olvidar. Enseña cuando diferencia un dato comprobado de un rumor interesado. Enseña cuando llama a un cauce hídrico por su nombre correcto —arroyo Capiibary y no “río Kapiibary”— porque la precisión no es un detalle: es respeto por la verdad.

El problema comienza cuando esa tarea incomoda.

En comunidades pequeñas, donde la publicidad institucional suele sostener económicamente a los medios y donde el poder político es cercano, visible y a veces dominante, la tentación de suavizar, callar o mirar hacia otro lado es real. La presión puede no ser explícita; a veces basta el temor a perder un contrato, un aviso o un acceso privilegiado.

Ahí es donde el periodismo se pone a prueba.

Cuando un medio se convierte en simple repetidor de discursos oficiales, deja de informar y pasa a administrar relatos. Cuando evita profundizar para no afectar intereses, practica una forma elegante de autocensura. Y cuando elige la comodidad antes que la verdad, no está siendo prudente: está renunciando a su misión.

El periodista no está para agradar autoridades ni para garantizar tranquilidad a los poderosos. Está para preguntar lo que incomoda, para señalar inconsistencias y para poner luz donde otros prefieren sombras.

Porque un pueblo mal informado es más fácil de manipular.
Un pueblo que entiende, exige.
Y un pueblo que exige, cambia realidades.

La pregunta final no es si el periodismo debe enseñar. La verdadera pregunta es si está dispuesto a asumir el costo de hacerlo.

Ahí se define todo.

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