El cajero automático no merece aplauso; un intendente municipal no es un benefactor

Por Antonio Caballero

¿Alguien le agradece a un cajero automático por entregarle su propio dinero? La pregunta puede parecer irónica, pero encierra una verdad simple: nadie aplaude a una máquina por cumplir la función para la cual fue creada. No hay gratitud, porque no hay favor.

Sin embargo, en la política criolla paraguaya se ha instalado una peligrosa costumbre: convertir la obligación en hazaña y el deber en acto de generosidad. Cada inauguración de obra pública suele presentarse como un gesto magnánimo del intendente de turno, como si el asfalto, la plaza o el empedrado salieran de su patrimonio personal.

Conviene recordar algo elemental: el dinero invertido en obras públicas no pertenece al intendente. Es dinero del contribuyente. Son impuestos, tasas y transferencias que administra de manera temporal quien ocupa el cargo.

El intendente no es benefactor. No es filántropo. No es mecenas. Es administrador.

Ejecutar el presupuesto municipal no constituye un mérito extraordinario; es su responsabilidad legal y política. No hacerlo sería negligencia. Hacerlo no debería ser motivo de aplauso, sino el estándar mínimo exigible.

La verdadera diferencia no está en cortar cintas ni en multiplicar discursos. Está en la transparencia, en la planificación, en la eficiencia, en evitar sobrecostos y en priorizar las necesidades reales de la ciudadanía. Allí comienza la gestión responsable.

El problema surge cuando la vara pública es tan baja que el cumplimiento básico se celebra como proeza. Tras años de abandono o mala administración, cualquier obra parece un milagro. Y en ese contexto, el intendente pasa de funcionario a supuesto salvador.

La democracia no funciona con gratitud servil, sino con control ciudadano. No se trata de negar los avances ni de desconocer el esfuerzo administrativo, sino de poner cada cosa en su lugar.

El cajero automático no merece aplausos por entregar lo que es nuestro. Y el intendente tampoco merece reverencias por ejecutar recursos que no le pertenecen.

Cuando entendamos esa diferencia, la política dejará de ser una puesta en escena y comenzará a parecerse más a lo que debería ser: gestión pública eficiente, transparente y al servicio de todos.

 

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