Semáforos que no ordenan y controles que no existen
Por: Antonio Caballero
Lo ocurrido en un cruce semafórico de San Juan Nepomuceno, donde una mujer hoy lucha por su vida en terapia intensiva, no puede ni debe ser catalogado como un hecho aislado. Es la consecuencia previsible de un sistema de tránsito que, en la práctica, ha dejado de funcionar.
En teoría, los semáforos están para ordenar, prevenir y proteger. En la realidad local, cada vez más conductores los ignoran sin consecuencias. Cuando una señal que debería ser autoridad se convierte en algo opcional, deja de cumplir su cometido. Y cuando eso ocurre de manera sistemática, no resulta descabellado abrir el debate: ¿tiene sentido mantener en circulación dispositivos que nadie respeta?
El problema, sin embargo, no es solo tecnológico ni de infraestructura. Es, sobre todo, de control. O, mejor dicho, de ausencia de control.
Los agentes de tránsito, que deberían ser actores clave en la prevención y fiscalización, han quedado reducidos muchas veces a una presencia simbólica, casi decorativa. Su rol se diluye en la inacción, y con ello se envía el peor de los mensajes: que incumplir las normas no tiene consecuencias.
Así, el semáforo en rojo se vuelve una sugerencia y no una orden. Y en ese escenario, la tragedia deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza latente.
A esto se suma un componente aún más preocupante: la pérdida de empatía. Cuando tras un hecho de esta magnitud ni siquiera existe un mínimo gesto de humanidad hacia la víctima, queda en evidencia que la crisis no es solo vial, sino también social.
Las autoridades no pueden seguir mirando hacia otro lado. Es urgente revisar el sistema: desde la ubicación y funcionamiento de los semáforos hasta la eficacia real de los controles. Y si los mecanismos actuales no funcionan, deben ser reemplazados por otros que sí lo hagan.
Pero ninguna medida será suficiente si no se recupera lo esencial: el respeto por la vida. Porque mientras la imprudencia siga siendo tolerada y la falta de control siga siendo la norma, lo ocurrido no será la excepción, sino la regla.












