“El río Pirapó está muriendo”, denuncia sacerdote en Caazapá

Durante el novenario de la Fiesta Diocesana de San Pablo, el sacerdote Humberto René Vera lanzó una de las denuncias ambientales más duras escuchadas en la región, al alertar sobre la grave contaminación del Río Pirapó y calificar la destrucción ambiental como un “pecado social” que golpea directamente a los sectores más pobres.

CAAZAPÁ. En un clima de recogimiento religioso, el novenario de la Fiesta Diocesana de San Pablo se transformó en un escenario de fuerte denuncia social y ambiental. Desde el púlpito, el padre Humberto René Vera, párroco de la Iglesia de Tava’i, rompió el silencio con una frase que estremeció a los fieles: “El río Pirapó lastimosamente está muriendo”.

El sacerdote describió un panorama alarmante: mortandad masiva de peces, olores nauseabundos en las aguas y un ecosistema degradado por vertidos industriales y residuos de plantas alcoholeras. “Son cadáveres que claman justicia”, expresó, al señalar que mientras algunos sectores económicos se benefician, las comunidades más humildes pierden su fuente de sustento y de vida.
“Sobre la cabeza de los pobres nomás luego caen los rayos; eso fue así y seguirá siendo así”, lamentó.

El sacerdote Humberto René Vera durante su homilía en el novenario de la Fiesta Diocesana de San Pablo, en Caazapá, donde denunció la contaminación del Río Pirapó y calificó la destrucción ambiental como un “pecado social” que golpea a los sectores más vulnerables.

 

La homilía también abordó otras heridas abiertas en el territorio caazapeño: los incendios forestales que arrasan con la biodiversidad, el uso indiscriminado de agrotóxicos que convierte a la tierra en un “paciente crónico” y la pérdida de la memoria cultural ligada al respeto por la naturaleza y sus ciclos.

En un tono firme, el sacerdote fue más allá del discurso ambiental y colocó el problema en el plano ético y espiritual: contaminar no es solo un error técnico, es un pecado social. Citando al Papa Francisco, recordó que la lógica del “beneficio rápido” ha desplazado al bien común y que la indiferencia de los poderosos siempre termina golpeando a los más vulnerables.

Finalmente, el mensaje se transformó en un llamado directo a la acción. “Callar ante esta destrucción nos hace cómplices. Envenenar un río es un pecado mortal contra la comunidad”, sentenció, instando a la ciudadanía a no naturalizar la contaminación y a asumir un compromiso real con el cuidado de la Casa Común.

La denuncia del padre Vera dejó de ser solo una homilía religiosa para convertirse en un grito social que interpela a autoridades, empresas y ciudadanía, en un departamento donde el agua, la tierra y la vida hoy están en riesgo.

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