El abrazo que dura hasta las urnas
En campaña, el ciudadano es cargado en brazos; en el poder, es dejado a su suerte.

En tiempos electorales, la política se convierte en un espectáculo cuidadosamente ensayado. Los candidatos recorren barrios, estrechan manos, abrazan con entusiasmo y, si hace falta, cargan en brazos al ciudadano como símbolo de cercanía. La escena no es casual: es una puesta en escena donde el elector pasa a ser protagonista… pero solo por un breve período.
La imagen del político llevando a un votante resume con crudeza esa teatralidad. No se trata de un gesto espontáneo, sino de una estrategia. En campaña, el ciudadano es elevado, halagado, escuchado. Se le promete todo: soluciones inmediatas, atención permanente, un lugar central en la agenda pública.
Pero ese vínculo es frágil. Dura lo que dura la necesidad.
Una vez alcanzado el poder, la escena cambia abruptamente. El mismo ciudadano que era “prioridad” vuelve al anonimato. Las puertas se cierran, los teléfonos ya no responden, y las promesas se diluyen en discursos vacíos. El político ya no carga: ahora avanza solo, protegido por su cargo, rodeado de privilegios y distante de la realidad que alguna vez simuló comprender.
La metáfora es brutal pero precisa: el votante es “bajado” —cuando no directamente arrojado— al suelo. Y no solo eso. Muchas veces cae en un contexto peor: sin respuestas, sin obras, sin servicios, y con la sensación de haber sido utilizado.
Lo más preocupante es que este ciclo se repite. Elección tras elección, la memoria colectiva parece resetearse, y el mismo libreto vuelve a ejecutarse con distintos actores. Cambian los nombres, pero no las prácticas.
Mientras tanto, el ciudadano sigue esperando. No que lo carguen en brazos, sino algo mucho más básico: que no lo suelten después.
Porque gobernar no es un acto de campaña. Es una responsabilidad constante. Y la verdadera prueba de un político no está en cuánto sonríe antes de votar, sino en cuánto responde después.












