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228 años de San Juan Nepomuceno: el pueblo que nació del manantial

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228 años de San Juan Nepomuceno: el pueblo que nació del manantial

Desde el manantial sagrado del Ykua Kurusu, donde los charavanás hallaron refugio y los franciscanos levantaron su reducción, San Juan Nepomuceno fue creciendo entre rezos, jinetes, músicas y memoria. Su historia —anudada al murmullo del Capiibary, a la cruz que dio nombre al pueblo y a la fe que nunca se apagó— sigue fluyendo como el agua que lo vio nacer: eterna, clara y llena de espíritu.

El Ykua Kurusu, manantial sagrado que dio origen al pueblo, sigue brotando entre sombras y rezos, guardando en su murmullo la memoria de los primeros pobladores de San Juan Nepomuceno.

 

Antes de que existieran calles, iglesia o plaza, hubo un manantial.

Un hilo de agua pura que brotaba del corazón de la tierra y que los primeros pobladores llamaron Ykua Kurusu, el manantial de la cruz.
Allí, en torno a esas aguas que muchos consideraban milagrosas, comenzó a latir la vida de lo que hoy es San Juan Nepomuceno, ciudad emblemática del departamento de Caazapá. Fue fundada el 20 de noviembre de 1797 por orden del gobernador Lázaro de Rivera y Espinosa, quien encomendó la tarea al Fray Antonio Bogarín. Aquella naciente comunidad fue establecida como reducción franciscana para los pueblos originarios charavanás.

La tradición cuenta que los primeros habitantes eligieron ese lugar porque el agua jamás se agotaba, ni siquiera en las sequías más severas. El manantial era refugio y esperanza: calmaba la sed del viajero, sostenía los cultivos y otorgaba, según decían, una extraña paz interior a quien bebía de él.
A sus orillas se levantaron las primeras chozas de paja y barro y, poco después, una cruz de madera que, como faro espiritual, dio su nombre sagrado a la naciente comunidad.

Con el paso de los años, el caserío se transformó en pueblo. Los caminos de tierra empezaron a llenarse de risas infantiles, de mujeres rumbo al mercado con sus canastas al brazo, y de hombres que regresaban del campo cuando declinaba la tarde.
El arroyo Capiibary, serpenteando entre piedras y vegetación, se volvió testigo de ese crecimiento silencioso. No es un río caudaloso, pero sus aguas claras acompañan el ritmo cotidiano, recordando que toda historia —como toda vida— necesita su cauce.

La fuente de agua frente a la iglesia de San Juan Nepomuceno, símbolo de origen y fe, sigue recordando el manantial que dio vida al pueblo hace más de dos siglos.

 

La devoción al santo checo San Juan Nepomuceno, patrono de la verdad y del silencio, llegó con los misioneros y antiguos colonos. Su imagen, instalada en la parroquia frente a la antigua fuente, se convirtió en guía espiritual de generaciones.
San Juan Nepomuceno es tierra de gente trabajadora, de jinetes valientes, de músicos que hacen vibrar las serenatas en noches de fiesta. La comunidad se sostiene en algo sencillo y profundo: todos se conocen, todos se ayudan.
El aroma del mbeju y la chipa recién hecha, los juegos tradicionales en la plaza y las tertulias al caer la noche son señales vivas de una identidad que se niega a desvanecerse.

Y en el corazón de todo permanece el Ykua Kurusu, el manantial que dio origen al pueblo.
A su alrededor, la historia no deja de renovarse: los niños juegan, los mayores rememoran, los peregrinos llegan a agradecer. Dicen que, si uno se inclina con atención, puede escuchar en el murmullo del agua las voces de los primeros pobladores, bendiciendo el porvenir de su tierra.

Porque San Juan Nepomuceno no nació de la piedra ni del oro.
Nació del agua.
Y mientras el Ykua Kurusu siga brotando, el espíritu del pueblo permanecerá vivo: claro como su manantial y eterno como su fe.

Para celebrar los 228 años de San Juan Nepomuceno, la comunidad se reunirá en el Hipódromo Yvyraguy, del barrio San Vicente, entre tradición, música y jinetadas.

 

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