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La gloriosa guerra de Nepolandia
Una mañana de los últimos días de 2025, los pobladores de Nepolandia despertaron con una noticia histórica: la patria había decidido mudarse a la rotonda. No llegó escoltada por leyes, debates ni transparencia, sino montada en un mástil flamante, tan alto que parecía diseñado para que nadie mirara lo que ocurría a ras del suelo.
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Sin previo aviso, sin sesión de la Junta Municipal y sin rastro alguno en el venerable Portal de Contrataciones Públicas —ese museo virtual de lo que debería existir— la bandera fue izada y quedó allí, firme, día y noche, como si Nepolandia hubiera entrado en una guerra de proporciones épicas.
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Nadie supo contra quién. Quizás contra el sentido común. O, más probablemente, contra la memoria colectiva, esa enemiga peligrosa que suele hacer preguntas incómodas.
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Los vecinos, aún con el mate a medio cebar, comenzaron a formular interrogantes subversivos:
—¿Estamos en guerra?
—¿Y contra quién?
—¿Contra la corrupción? No, imposible… porque el comandante en jefe de esta cruzada patriótica es, casualmente, quien dirige la obra con casco invisible, pala imaginaria y presupuesto inexistente.
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Porque en Nepolandia el mandamás, conocido en los partes no oficiales como Lapíez Mbyky, no gobierna: hace de todo. Es intendente, capataz, jefe de obra, supervisor y, si hace falta, benefactor anónimo. Se lo ve por todas partes señalando, ordenando, inaugurando estructuras cuyo costo solo conoce el universo y cuya financiación pertenece al terreno de la fe.
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Algunos aseguran que paga todo de su bolsillo. Otros creen que su billetera es tan profunda como el silencio administrativo.
Lo único cierto es que nadie vio facturas, contratos, ni concejales informados. El verdulero quebrado, según los rumores, habría sido ascendido a contratista, en un gesto de notable movilidad social.
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A un costado del mástil emergió otra estructura misteriosa. Dicen que serán letras corpóreas de bienvenida, aunque muchos sospechan que servirán, llegado el momento, para grabar el lema más honesto del distrito:
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“Bienvenidos a Nepolandia, donde las obras se autogeneran”.
Mientras tanto, el pabellón patrio continúa flameando sin descanso, desafiando normas, protocolo y sentido común. Porque en Nepolandia la bandera no duerme: vigila. Vigila para que nadie pregunte. Vigila para que nadie investigue. Vigila para que todo permanezca exactamente igual.
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Y así, sin guerra declarada, sin enemigo visible y sin una sola rendición de cuentas, Nepolandia avanza firme en su batalla más importante:
no contra la corrupción, sino contra la transparencia, esa amenaza extranjera que jamás debe cruzar la rotonda.







